Un Recorrido por el Nueva York de La Ley Seca

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United States 30 Dec 2014 00:00

UN RECORRIDO POR EL NUEVA YORK DE LA LEY SECA

Estos son los auténticos ‘Speakeasy’: “Había muchas formas de esconder el alcohol cuando venía la pasma”

Si fuese el escenario de un libro de Gay Talase empezaría con un portero que no vio nada y terminaría con un disparo; o viceversa. Es el 102 de Norfolk Street, una calle oscura y solitaria en el Lower East Side de Nueva York. Los obreros que construyeron Manhattan dormían en estas casas.

Una valla metálica desgastada por los bordes resguarda lo que parece la entrada a un sótano. Pasan unos minutos. Nadie transita por la calle. Tampoco se escucha música o ruido, más allá de las tripas de la ciudad que gruñen bajo la alcantarilla y algún coche con prisa en la perpendicular, la calle Delancy junto al puente Manhattan. Hace no tanto, en esta zona, “si querías árboles, ibas al parque”, escribe Nina Howes, en el libro ‘Historias orales del Lower East side’. ¿Nos hemos equivocado de lugar?

Cuando el reloj marca las 9 de la noche, aparecen dos chicas de piernas largas y falda corta, que lucen impecables. Separan la valla con determinación, como si no fuese la primera vez que lo hacen, y acceden al agujero. Descienden por un pasadizo lúgubre que conduce a otra entrada de lo que igual podría ser un trastero que cualquier negocio turbio. Sigue sin escucharse ni un ruido. Las de la minifalda llaman a la puerta y alguien abre y vuelve a cerrar. Un portero sentado en un taburete mira a los recién llegados de arriba abajo, con la puerta entreabierta.

--Hola, hemos quedado con Pete.

--Soy yo, pasad, pasad –responde.

Solo falta "Nucky" Thompson para trasladarse a la serie de HBO “Boardwalk Empire”: sofás de terciopelo granate, pinturas de mujeres desnudas sobre paredes enteladas,  alfombras orientales, chimenea, suelos de madera y mucha niña mona. La banda sonora la pone un grupo de jazz con traje y sombrero de la época.

El garito de Lucky Luciano

Es el pub "The Back Room”, uno de los dos únicos auténticos ‘speakeasy’ –como se conoce a los bares clandestinos de la Era de la Ley Seca— que sobreviven en Nueva York”, presume Pete. Dice que muchos detalles de entonces se han conservado, “no solo la entrada”. En la barra, un grupo de turistas bebe cócteles de vodka en tazones que más bien podrían ser de cola-cao. “Había muchas formas de esconder el alcohol cuando venía la pasma”, apunta divertido.

La conocida como “Ley Seca”, que prohibió la venta, importación y fabricación de bebidas alcohólicas en todo el territorio norteamericano, fue establecida por la Enmienda XVIII de la Constitución en 1920 y derogada por la Enmienda XXI, en diciembre de 1933. Trece años de aparente “sequía” en las calles que dio alas a la imaginación de los granujas en los locos años 20.

Como los chicos de “The Back Room” –literalmente “la habitación de atrás”— uno de los muchos locales clandestinos que germinaron en aquella época. Se fundó en 1920 bajo el nombre de "The Back of Ratner’s,” y en él pasaban el rato los “barones de la cerveza”, como los denomina J. Anne Funderburg en su libro sobre la Era de la Prohibición. Uno de los habituales era un joven judío de origen bielorruso, delgaducho, con orejas de soplillo y raya a un lado que se convirtió en el “cerebro financiero” de la mafia y el rey de los casinos de Cuba, ‘Meyer Lansky’. También su compañero del colegio, Lucky Luciano, considerado el padre del “crimen organizado” y un amigo del barrio, Bugsy Siegel, que acabó manejando los bajos fondos de Manhattan.

En una pared del fondo de “The Back Room”, una librería discreta de madera oscura sobresale entre el terciopelo de las paredes. Pete se apoya sobre ella, se abre y aparece “la habitación de atrás”. “Todos los ‘speakeasies’ tenían este tipo de salas ocultas”, explica con una sonrisa. En su interior, otra pared, ahora tabicada, conducía al tejado, “por si había que salir corriendo”, aclara. “Y esta otra te llevaba directamente al sótano y luego a la calle”. Había cuatro formas de escaparse.

La barra que desaparecía en el club 21

Si al ‘Back Room’ asistían los “midas” de los bajos fondos, “en el Club 21 se reunían la ‘crème de la crème” de la farándula, asegura Avery Fletcher, directora del Marketing del local. Su entrada, a diferencia del anterior, no aspira a disimular. Está presidida por

enormes esculturas de jinetes a caballo y un veterano portero, Shaker, que lleva 36 años custodiando la misma puerta. Algunos ‘speakeasies’ blindaban la entrada tradicional con una palabra secreta que solo conocían sus clientes. Hoy es un restaurante de lujo, que recibe a muchas de las mismas caras, “algunas de los más ricas del mundo; también españoles”, presume Shaker, que dice que “por aquí han venido mucho los Fierro”, “los Rockefeller de España”, puntualiza.

El Club 21 lo fundaron dos primos, Jack Kreindler y Charlie Berns, con pocas pretensiones en un principio. “En 1922 habían abierto un local clandestino en el Greenwich Village, llamado “Red Head” –hoy un bar de tapas español (“Tertulia”), entre W4 y la sexta avenida— solo para sacarse un dinero y pagar sus estudios”, asevera Avery Fletcher. “Se mudaron varias veces hasta acabar en el 21 W de la calle 52”, continúa. Lo llamaron: Club 21 por el número de la calle.

“Gracias a la buena relación con la policía”, reconoce Fletcher, “todo marchaba”. Con fiestas a lo “Gran Gatsby”, con “la misma gente, o al menos, la misma clase de gente”, “la misma profusión de champaña, el mismo alboroto abigarrado y multitonal”, que describió Fitzgerald. Fue así “hasta que vetaron la entrada a un columnista cotilla, Walter Winchell, y se vengó en el ‘Daily Mirror’. La broma les costó a los primos contratar a un arquitecto, Frank Buchanan, e instalar un ingenioso sistema para ocultar el alcohol “e incluso hacerlo desaparecer”. Fletcher explica cómo lo hacían: “Empujaban una palanca y los estantes llenos de botellas de la barra caían a una rampa que conducía al alcantarillado”. “Era muy sofisticado para la época”, agrega.

La barra que desaparecía ya no está pero sí la bodega y su robusta puerta de dos palmos de ancho que solo se abría al introducir un metal en una ranura determinada. Se dirige a ella. El interior del restaurante es como uno se imagina “El museo de la Inocencia” de Pamuk pero con glamour, con todo tipo de juguetitos que cuelgan del techo. “Jack era un gran coleccionista”, apunta. Atraviesa la cocina y se detiene sobre las escaleras: “Se dice que Hemingway, que lío más de una en este bar, se vino hasta aquí con una guapa morena que había conocido en el local e hicieron más de una cosa en estos escalones. Al día siguiente supo que era la novia del mafioso Jack ‘Piernas’ Diamond y no le hizo tanta gracia”, presume de leyenda. Lo que realmente es un museo es la bodega. Entre las más de 2.000 botellas del local, algunas aún conservan los nombres de su prestigiosa clientela: “Frank Sinatra”, “Richard Nixon” o “Presidente Ford” se lee en las etiquetas desgastadas sobre el vidrio.

El bar secreto de la estación

Estos dos bares son de los pocos testimonios que sobreviven intactos de la época dorada de la Prohibición. Otro de los Speakeasy famoso de la época, el “Bills Gay Nineties” cerró sus puertas. Pero la herencia coctelera de la época no acaba ahí. No muchos de los 21 millones de viajeros que cada año pasan por la estación de tren más grande del mundo, Grand Central, saben de la existencia de su bar secreto: el ‘Campell Apartment’. Se encuentra en la esquina de la monumental estación, a media vuelta con Vanderbilt Avenue. No fue un speakeasy como tal sino la espectacular sala con un techo de 7, 5 metros de altura que el magnate John W. Campbell alquiló como oficina y demás usos. Una oda a la ostentación con una enorme chimenea señorial de piedra, vidrieras, un piano de cola y una alfombra persa que dicen le costó 300.000 dólares en 1924 (unos 3 o 4 millones ahora).

Algunos cócteles también deben su receta a los apuros de la época. F. Scott Fitzgerald era un apasionado del “Gin Rickey”, un combinado de ginebra, lima y soda, que cuando apareció en el siglo XIX se preparaba con Bourbon, pero que durante la Prohibición empezó a servirse con ginebra, que no requería envejecimiento. Y dos clásicos del momento fueron el “Sidecar”, a base de hielo, brandy, Cointreau, zumo y corteza de limón y el “Manhattan”, con whisky o bourbon, Martini rosso, angostura, una guinda roja y piel de naranja.

Un cóctel a escondidas

“Nos interesa el límite peligroso de las cosas. El ladrón honesto, el asesino sensible. El ateo supersticioso”, escribió Robert Browning. En la actualidad, decenas de locales, aparentemente clandestinos, en Nueva York, recrean aquella época, en una especie de competición por preparar el mejor cóctel, en el mejor escondite. Aunque no lo fueron, parecen auténticos “Speakeasy”, como el “Apotheke”, ubicado en el 9 de Doyers, la que se conocía como “esquina sangrienta”, en China Town y su vecino “Pulquería”, un caprichoso restaurante mexicano camuflado entre carnicerías, tiendas de bolsos de imitación y restaurantes asiáticos; el “Please Don’t Tell”, entre la calle 113 y la plaza de San Marcos, al que se accede por una vieja cabina de teléfonos dentro de una tienda de perritos calientes; el “Raines Law Room”, en la calle West 17, entre la quinta y la sexta avenida, que aparece tras unas escaleras subterráneas y una puerta, a la que hay que llamar para entrar; el “Bathtub Gin”, en el 32 de la novena avenida, su nombre hace referencia al alcohol que se fabricaba en casa de manera ‘amateur’, generalmente en el baño, de lo que hace gala una enorme bañera de cobre en medio del local; el “Dutch Kills”, en el 27-24 de la avenida Jackson, en Long Island City, inimaginable desde el exterior, con su rudimentario cartel de madera en el que solo pone “bar”; el Attaboy, en antiguo “Milk and Honey”, en el 134 de la calle Elderidge, en el Lower East Side, al que para entrar también hay que tocar el timbre; “The Garret”, bajo una cochambrosa escalera en el 296 de la calle Bleecker o el “Blid Barber”, en la calle 10, entre las avenidas A y B, aparentemente una barbería.

En aquella época, “la mayoría de los neoyorquinos, desde los policías hasta las prostitutas, recibían sobornos o estaban buscando lucrarse de alguna manera”, narró Talase en “Honrarás a tu padre”. Y “parte del éxito de la lotería ilegal, que era la fuente de ingresos más lucrativa de la Mafia, era el hecho de ser ilegal.”

Speakeasy New York Manhattan Night Culture

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The Real "Speakeasies" 01
New York
By Lola García-Ajofrín
30 Dec 2014

El pub "The Back Room”, uno de los dos únicos auténticos ‘speakeasy’ –como se conoce a los bares clandestinos de la Era de la Ley Seca— que sobreviven en Nueva York”. muchos detalles de entonces se han conservado, no solo la entrada.

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En la barra, un grupo de turistas bebe cócteles de vodka en tazones que más bien podrían ser de cola-cao. Había muchas formas de esconder el alcohol cuando venía la pasma.

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En una pared del fondo de “The Back Room”, una librería discreta de madera oscura sobresale entre el terciopelo de las paredes. Pete. el dueno del pub, se apoya sobre ella, se abre y aparece “la habitación de atrás”. “Todos los ‘speakeasies’ tenían este tipo de salas ocultas”, explica con una sonrisa. En su interior, otra pared, ahora tabicada, conducía al tejado, “por si había que salir corriendo”, aclara. “Y esta otra te llevaba directamente al sótano y luego a la calle”. Había cuatro formas de escaparse.

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Como los chicos de “The Back Room” –literalmente “la habitación de atrás”— uno de los muchos locales clandestinos que germinaron en aquella época. Se fundó en 1920 bajo el nombre de "The Back of Ratner’s,” y en él pasaban el rato los “barones de la cerveza”, como los denomina J. Anne Funderburg en su libro sobre la Era de la Prohibición. Uno de los habituales era un joven judío de origen bielorruso, delgaducho, con orejas de soplillo y raya a un lado que se convirtió en el “cerebro financiero” de la mafia y el rey de los casinos de Cuba, ‘Meyer Lansky’. También su compañero del colegio, Lucky Luciano, considerado el padre del “crimen organizado” y un amigo del barrio, Bugsy Siegel, que acabó manejando los bajos fondos de Manhattan.

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Como los chicos de “The Back Room” –literalmente “la habitación de atrás”— uno de los muchos locales clandestinos que germinaron en aquella época. Se fundó en 1920 bajo el nombre de "The Back of Ratner’s,” y en él pasaban el rato los “barones de la cerveza”, como los denomina J. Anne Funderburg en su libro sobre la Era de la Prohibición. Uno de los habituales era un joven judío de origen bielorruso, delgaducho, con orejas de soplillo y raya a un lado que se convirtió en el “cerebro financiero” de la mafia y el rey de los casinos de Cuba, ‘Meyer Lansky’. También su compañero del colegio, Lucky Luciano, considerado el padre del “crimen organizado” y un amigo del barrio, Bugsy Siegel, que acabó manejando los bajos fondos de Manhattan.

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Como los chicos de “The Back Room” –literalmente “la habitación de atrás”— uno de los muchos locales clandestinos que germinaron en aquella época. Se fundó en 1920 bajo el nombre de "The Back of Ratner’s,” y en él pasaban el rato los “barones de la cerveza”, como los denomina J. Anne Funderburg en su libro sobre la Era de la Prohibición. Uno de los habituales era un joven judío de origen bielorruso, delgaducho, con orejas de soplillo y raya a un lado que se convirtió en el “cerebro financiero” de la mafia y el rey de los casinos de Cuba, ‘Meyer Lansky’. También su compañero del colegio, Lucky Luciano, considerado el padre del “crimen organizado” y un amigo del barrio, Bugsy Siegel, que acabó manejando los bajos fondos de Manhattan.

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The Real "Speakeasies" 08
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29 Dec 2014

Si al ‘Back Room’ asistían los “midas” de los bajos fondos, “en el Club 21 se reunían la ‘crème de la crème” de la farándula, asegura Avery Fletcher, directora del Marketing del local. Su entrada, a diferencia del anterior, no aspira a disimular. Está presidida por enormes esculturas de jinetes a caballo y un veterano portero, Shaker, que lleva 36 años custodiando la misma puerta.